domingo, 18 de mayo de 2008

Nervios

Estás en una casa que conocés, o sea, no es nada nuevo, nada extraño.
Necesitás algo que está en la otra punta de la casa. Hay un equipo de música prendido. Estás solo en la casa escuchando algo que te gusta. Te levantás a buscar algo que está en la otra punta de la casa. Salís de la cocina (todo bien), pasás por una pieza (todo bien).
En la siguiente pieza, que también tenés que atravesar está la luz apagada.
En la que pieza que te encontrás vos, la luz está prendida.
Conocés tan bien la casa que no te parece necesario prender la luz de la otra pieza para atravesarla.
Como es un día frío y no querés que el calor se vaya de la cocina vas cerrando las puertas que vas atravesando.
Abrís la puerta por la que vas a entrar a la pieza. Ves cómo la luz de la otra pieza entra a ésta y te deja ver el panorama: La cama se encuentra a la izquierda, la computadora detrás de la cama, el placard como a veinte centímetros de la mesa de luz y la otra puerta frente a vos. Más o menos a cuatro metros. El interruptor de la luz está sobre la pared de la derecha a unos cuarenta centímetros de donde estás parado.
Entrás a la pieza, cerrás la puerta. Perdés por completo el paisaje de la pieza. No ves absolutamente nada. Empezás a caminar directo a la otra puerta, medio nervioso porque no te gusta la idea de estar sólo y no ver nada.
Algo te asombra... no llegás a la puerta. Te da la impresión de haber caminado como seis metros y… nada. De repente la música deja de sonar. Te quedás quieto. No entendés nada y tampoco te gusta no entender nada.
Extendés el brazo derecho hacia donde estás prácticamente seguro de que está la puerta, no llegás a tocar nada. Caminás unos pasos más... nada.
Ya totalmente desesperado decidís volver al punto de inicio, tocando la pared para encontrar el interruptor y prender la luz.
Caminás por la habitación deslizando tus dedos de arriba a abajo por la pared, esperando encontrar “eso” que tanto necesitás. La pared es totalmente lisa.
Corrés a la puerta por la que habías entrado sin despegar los dedos de la pared para poder aferrarte a algo como referencia.
Nunca llegás a la puerta, silencio total. Te quedás parado sin hacer nada, tu garganta se anuda. Todo pierde sentido. Empezás a dudar sobre qué estás parado. No te queda otra que ir hasta la cama, para poder comprobar que parte de la pieza no ha cambiado.
Con mucho miedo de no saber con qué te vas a encontrar te desprendés de la pared que estaba a tu derecha.
Caminás unos pasos y no hay rastros de la cama. Te agarra pánico y decidís volver a estar en contacto con la pared. Ya no está ahí.
Lográs aceptar que no hay nada más que vos y el piso.
De repente empieza a hacer más frío, tu garganta se seca de golpe, tu corazón empieza a latir más lento y te entra menos aire en los pulmones.
O estás muy paranoico alguien ha comenzado a hablar en secreto a unos metros de donde estás parado.
No se escuchan pasos pero a ese murmullo lo escuchás cada vez más cerca. En un momento escuchás que pronuncia tu nombre. Sorpresivamente se detiene. El silencio te envuelve.
A los cinco segundos alguien comienza a respirar sobre tu oído derecho.


Patricio Corvalán

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